Que injusta es la vida por momentos.

A veces creo que pide demasiado.

A veces siento que quiere toda para ella y nada para mí.

Que quiere cada momento de mi tiempo, para su regocijo, para saciar su hambre voraz de tareas, de compromisos, deberes, obligaciones y unos cuantos etc.

Que injusta es la vida; a días de ser padre, me hostiga, me dice que debo preocuparme más que nunca, que debo preocuparme y ocuparme.

Lo se muy bien, pienso yo, no hace falta que estés martillando mi cabeza sin cesar.

Que injusta es la vida mientras pienso en todo lo que debo hacer, menos en la felicidad que este hijo hermoso traerá a nuestras vidas.

Y así es para cada momento de nuestras vidas.

Creo que la vida y el tiempo son cómplices perfectos, por un lado la vida solicita, exige, reclama y por otro el tiempo se acorta, esconde sus segundos y nos comprime, nos presiona.

Sonrió mientras pienso en mi hijo y la felicidad que vendrá.

Sonrió y me emociona el solo pensar en tenerlo en mis brazos.

Quizás, reflexionando, la vida traiga este regalo inconmensurable compensado lo tanto que nos hace sufrir con su vértigo constante.

Tal vez deba dejar de pensar en la vida, al fin y al cabo todo acaba por amoldarse, por acomodarse, por lo pronto solo me detendré a soñar despierto la llegada de mi querido y esperado hijo.

 

“Dulce y sereno Thomás”.

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Miércoles, 22 de Mayo.

A veces siento que el mundo va demasiado aprisa.

Siento que me estoy perdiendo pedazos de mi vida montada sobre ese mundo.

Y deseo detener la marcha; contemplar con tranquilidad, pensar en paz.

A veces creo que el tiempo se escurre entre mis manos.

Y sostengo la mirada en el horizonte.

Y me inunda una profunda tristeza, por todo lo que no he hecho ni podré hacer.

A vece siento que soy tan minúsculo en este universo, que cada parte de mi ser no posee valor ante tanta inmensidad.

A veces me engaño pensando que algo de lo que hago va a ser inmortal y eso me da aliento a continuar, a creer que mi paso por aquí no será en vano.